LA PAZ, 2 abr (El Libre Observador) — La ciudad se mueve distinto en Semana Santa. No es solo el tráfico que se espesa en el centro ni las campanas que suenan con mayor insistencia. Es un ritmo más hondo, casi silencioso, que se instala en las calles de cemento y en los rostros de quienes, año tras año, repiten un gesto antiguo de caminar de iglesia en iglesia como quien reconstruye, paso a paso, una historia de fe y reflexión.
Este jueves, Bolivia abrió el calendario litúrgico más importante del cristianismo con dos ritos que condensan siglos de tradición: la visita a siete templos y el lavado de pies. En La Paz, cientos de fieles iniciaron el recorrido desde temprano, algunos en familia, otros en grupos improvisados, todos con una misma intención: acompañar simbólicamente a Jesús desde el Cenáculo hasta el Calvario.
No hay un único camino ni un orden fijo. Cada quien traza su propia ruta entre iglesias coloniales y parroquias de barrio, deteniéndose apenas unos minutos en cada una. Se reza, se observa, se guarda silencio. Afuera, vendedores ofrecen pequeñas masitas y dulces tradicionales, mientras el aire frío de la altura se mezcla con el humo tenue del incienso.
“El sentido es acompañar, reflexionar, detenerse”, explica el párroco de Villa Copacabana, Andrés Zambrana, que observa cómo su iglesia se llena y se vacía a lo largo del día. Para la Iglesia, este itinerario marca el inicio del Triduo Pascual, los tres días que condensan la pasión, muerte y resurrección de Jesús, el corazón mismo del calendario cristiano.
Dentro de los templos, el gesto del lavado de pies se repite con una sobriedad que contrasta con su potencia simbólica. Un sacerdote se inclina, toma una jarra de agua y lava los pies de un grupo de fieles, recordando el acto de humildad de Jesús frente a sus discípulos en la Última Cena. No hay estridencias, solo un silencio contenido que convierte la escena en un acto íntimo, casi doméstico.

Mientras tanto, la ciudad se prepara para lo que vendrá. Las hermandades afinan los detalles de las procesiones, limpian imágenes centenarias y organizan recorridos que el Viernes Santo volverán a llenar de gente el casco histórico. La procesión del Santo Sepulcro, una de las más concurridas, obligará a cerrar varias vías del centro paceño durante horas, en una coreografía urbana donde la devoción desplaza al tráfico.
Las autoridades han dispuesto ferias gastronómicas y espacios culturales que acompañan la celebración. En plazas y avenidas, la Semana Santa también se saborea: empanadas dulces, frutas en conserva, panes tradicionales. Es una religiosidad que no se limita al templo, que se expande a la vida cotidiana y convierte la ciudad en un escenario compartido.
El Gobierno, en sintonía con el peso simbólico de estas fechas, ha establecido jornada laboral continua para el jueves y feriado nacional para el viernes. Pero más allá de los decretos, lo que se percibe es una pausa distinta: una suspensión parcial del ruido habitual, una invitación —explícita o no— a mirar hacia adentro.
Así, entre pasos breves, rezos dispersos y encuentros casuales, Bolivia entra en su Semana Santa. No como un evento puntual, sino como un tránsito colectivo donde la fe, la tradición y la memoria se entrelazan en cada esquina. Una ciudad que, por unos días, parece caminar al ritmo de una historia mucho más antigua que ella misma.

