Por Marcelo Romano
LA PAZ, 30 ene (El Libre Observador) — En pleno debate por el costo de las graderías del Carnaval de Oruro 2026, se percibe un fenómeno preocupante: la tendencia a medir la cultura con la misma vara que un producto comercial. Asientos que van de 590 a 2.800 bolivianos se critican en redes sociales como “excesivos”, pero estas críticas ignoran la esencia de lo que significa esta esplendorosa muestra cultural para Bolivia y el mundo.
El Carnaval de Oruro no es un simple espectáculo turístico. Es Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad, una demostración de disciplina, tradición y arte que supera cualquier evento regional. Cada danza de más de mil integrantes, cada músico —entre 200 y hasta 1.800 integrantes por banda— y cada paso coreográfico representa meses de preparación, rigor y respeto a un legado cultural que no tiene comparación.
Reducirlo a un valor monetario es despojarlo de su significado cultural y subestimar la magnitud del esfuerzo colectivo.

Comparar los precios con la Fiesta de la Candelaria en Perú es un error conceptual. No se trata de una cuestión de tarifa: allí no hay 5.000 músicos y más de 50.000 danzarines no hay la misma precisión en las danzas, no hay la misma profundidad cultural. Lo que se ve fuera de Bolivia muchas veces es una copia superficial; en Oruro, la cultura se vive, se respira y se comparte en cada calle, cada plaza y cada nota musical.
El Festival de Bandas XXIV, completamente gratuito, evidencia otro aspecto del carnaval que los críticos olvidan: la cultura boliviana se construye colectivamente y busca ser accesible.
El verdadero desafío es cómo mantener la sostenibilidad económica de estos eventos sin sacrificar su autenticidad ni su capacidad de inclusión. La solución pasa por estrategias inteligentes con entradas diferenciadas para diferentes sectores, programas de patrocinio cultural, paquetes educativos para estudiantes y turistas, y una mayor transparencia en la gestión de los recursos del carnaval.
La crítica fácil y superficial, basada únicamente en el precio del ticket, ignora que quien asiste a Oruro no paga solo por un asiento; paga por ser testigo de un patrimonio que el mundo envidia. El Carnaval de Oruro es identidad, es historia, es arte y es orgullo nacional. Negar su valor cultural por un cálculo económico es un error de perspectiva que muchos países desearían poder cometer si tuvieran la riqueza artística que Bolivia ofrece.
Al final, el debate sobre los costos no debe eclipsar lo esencial: el carnaval es un acto de resistencia cultural, una demostración de disciplina colectiva y una celebración de lo que significa ser boliviano. El precio es relativo; el valor, incalculable.


