Por Raúl Mollo
LA PAZ, 20 may (El Libre Observador) — Bolivia no eligió a Rodrigo Paz “El Pollo” como resultado de una construcción política sólida. Lo heredó del vacío que dejó la fractura interna del Movimiento Al Socialismo (MAS). La llegada de Paz a la presidencia no respondió a un plan estructurado ni a una estrategia política consolidada, sino al caos generado tras la ruptura entre los expresidentes Luis Arce (2020-2026) y Evo Morales (2006-2019).
El veto político contra Morales terminó por dinamitar al oficialismo y abrió un escenario de incertidumbre imposible de llenar dentro del espectro político boliviano. De ese desorden emergió la figura de Rodrigo Paz, en lo que muchos ya consideran una presidencia improvisada.
La carrera de Paz hacia el poder estuvo marcada más por la velocidad de los acontecimientos que por una construcción programática consistente. El quiebre interno del MAS dejó sin representación clara a un importante bloque electoral identificado con Morales y con lo que diversos sectores denominan “la Bolivia profunda”.
Ese vacío alteró por completo el mapa político nacional. La exclusión de Morales del escenario electoral dejó a millones de votantes sin una referencia política definida y abrió espacio para candidaturas que intentaron capitalizar ese electorado.
La narrativa que acompaña a Rodrigo Paz es la de un candidato que apareció en el momento oportuno y logró imponerse en las elecciones de 2025, en segunda vuelta, después de casi dos décadas de hegemonía del MAS. Sin embargo, detrás de ese relato existe otra interpretación: el origen de su victoria estaría vinculado a la disputa interna dentro del oficialismo y a los errores políticos de Arce y su entorno.
Sectores cercanos al evismo sostienen que el entonces Gobierno creyó contar con suficiente respaldo popular para desplazar definitivamente al líder cocalero, pese a que Morales mantenía un núcleo duro de apoyo electoral.
En ese contexto, el exministro de la Presidencia de Gonzalo Sánchez de Lozada, Carlos Sánchez Berzaín, afirmó en una entrevista concedida a un medio local que Morales conservaba cerca del 40 % del voto duro del padrón electoral boliviano.

Con un padrón habilitado de 7,9 millones de electores para las elecciones generales de 2025, ese caudal representaba más de tres millones de votos que quedaron políticamente huérfanos tras el veto al exmandatario.
Fue en ese escenario donde comenzaron a surgir candidaturas improvisadas y alianzas coyunturales. Entre ellas apareció Rodrigo Paz, quien inicialmente ni siquiera contaba con una fórmula vicepresidencial consolidada.
Posteriormente encontró en Edmar Lara un aliado político capaz de conectar con parte de ese electorado desencantado. Según sus críticos, gran parte del respaldo que recibió Paz en la segunda vuelta no respondió necesariamente a su figura política, sino al reordenamiento de un voto opositor y huérfano dentro del bloque popular.
Del otro lado del escenario político aparecían figuras tradicionales como Samuel Doria Medina y Jorge Quiroga, ambos con elevados niveles de rechazo en sectores populares y con dificultades para ampliar su base electoral.
Ya en el ejercicio del poder, las críticas sobre la supuesta improvisación de Rodrigo Paz se trasladaron del terreno electoral al gubernamental.
Sus detractores cuestionan que, en lugar de presentar planes estructurados de política pública respaldados por equipos técnicos sólidos, el mandatario haya optado por respuestas coyunturales, discursos reactivos y promesas generales sin mecanismos claros de ejecución.
Las dudas también alcanzan a la conformación de su gabinete ministerial y a la estabilidad de sus equipos políticos y económicos. Diversos anuncios oficiales fueron modificados o replanteados en cuestión de semanas, alimentando cuestionamientos sobre la capacidad operativa del Gobierno.
En política, la improvisación puede alcanzar para ganar una elección, pero rara vez garantiza estabilidad para sostener un mandato. Ese es precisamente el núcleo de la crítica que hoy enfrenta el presidente boliviano.
Mientras sectores sociales movilizados reclaman incumplimientos y cuestionan la conducción gubernamental, Bolivia vuelve a ingresar en un clima de tensión política marcado por protestas, bloqueos y creciente desconfianza económica.
Para sus críticos, Rodrigo Paz llegó al poder gracias a un voto prestado. Y ahora enfrenta el desafío de gobernar un país polarizado, fragmentado y con expectativas que, hasta el momento, siguen sin encontrar respuestas claras.


