LA PAZ, 3 jun (El Libre Observador) — Ernesto Justiniano llegó al Ministerio de Defensa en uno de los momentos más delicados que ha vivido Bolivia en los últimos años. Mientras las carreteras permanecen bloqueadas en distintos puntos del país, las ciudades sienten la presión sobre el abastecimiento y la confrontación política se intensifica, el nuevo ministro eligió este miércoles una frase desafiante “la firmeza con legalidad no es abuso. El diálogo con responsabilidad no es debilidad” para definir el rumbo a seguir en su gestión.
La declaración, pronunciada durante su posesión por el presidente Rodrigo Paz, resume el difícil equilibrio que intenta construir el Gobierno en medio de una crisis que ya supera el mes de duración y que ha puesto a prueba la capacidad del Estado para mantener el orden sin alimentar una mayor polarización.
Desde las ventanas del Palacio de Gobierno, el conflicto aparece como una suma de carreteras cortadas, alimentos retenidos, transportistas varados y largas discusiones sobre legitimidad política. Pero fuera de los edificios oficiales, la crisis se ha convertido en algo más tangible: mercados con suministros irregulares, productores incapaces de sacar sus cosechas y familias que observan con incertidumbre el deterioro de la situación.
Fue precisamente esa imagen la que Justiniano quiso proyectar en su primer discurso.
“Hay hogares cansados, madres y padres preocupados, productores que no pueden mover sus alimentos, trabajadores que no pueden llegar a sus fuentes laborales y pacientes que necesitan atención médica”, afirmó.
Su llegada al Ministerio de Defensa no es casual. Hasta ahora, Justiniano había desarrollado gran parte de su carrera reciente en tareas relacionadas con la seguridad y la lucha contra el narcotráfico.
Desde el Gobierno consideran que esa experiencia puede resultar útil en un escenario donde la crisis social se mezcla con preocupaciones sobre el control territorial y la capacidad del Estado para garantizar la circulación y el abastecimiento.

El presidente Paz ya había destacado ese perfil al momento de anunciar el nombramiento. Lo presentó como un funcionario acostumbrado a operar en situaciones complejas y con experiencia en coordinación institucional.
La designación también refleja un cambio en las prioridades del Ejecutivo. Si durante los primeros meses de gestión el discurso estuvo centrado en reformas económicas y reconstrucción institucional, la prolongación de las protestas ha desplazado el foco hacia la seguridad, el transporte y el abastecimiento.
El conflicto ha alcanzado una magnitud que preocupa no solo dentro de Bolivia. Organismos empresariales, analistas económicos y observadores internacionales siguen con atención la evolución de los bloqueos debido a su impacto sobre la producción, la logística y el comercio regional.
En América Latina, los bloqueos de carreteras se han convertido en una herramienta frecuente de presión política. Desde las movilizaciones indígenas en Ecuador hasta las protestas agrarias en Perú o los paros nacionales en Colombia, las interrupciones de rutas han demostrado su capacidad para paralizar economías enteras y obligar a los gobiernos a negociar. Bolivia conoce bien esa dinámica: durante décadas, las carreteras han sido uno de los escenarios centrales de la disputa política.
Lo que diferencia la coyuntura actual es la combinación de factores que convergen al mismo tiempo: dificultades económicas, tensiones políticas acumuladas y una creciente batalla por el control de la narrativa pública.
Justiniano hizo referencia a ello cuando advirtió que los bloqueos prolongados pueden generar espacios para actividades criminales. Según el nuevo ministro, cuando la autoridad estatal pierde capacidad de acción, también aparecen oportunidades para redes de narcotráfico y financiamiento ilegal.
Sin embargo, el mensaje central de su discurso estuvo dirigido a los bolivianos que observan con preocupación la posibilidad de una escalada de violencia.
“Bolivia no necesita más violencia. Necesita paz, presencia del Estado, abastecimiento, seguridad y convivencia democrática”, afirmó.
La frase busca responder a una pregunta que recorre el país desde hace semanas: cómo restaurar la normalidad sin recurrir a medidas que profundicen la confrontación.
La respuesta del Gobierno parece apoyarse en una combinación de presión institucional y diálogo político. Mientras las fuerzas de seguridad trabajan para despejar rutas y proteger infraestructuras estratégicas, el Ejecutivo insiste en mantener abiertas las negociaciones con sectores sociales.
No obstante, la experiencia reciente de Bolivia demuestra que los conflictos rara vez se resuelven únicamente mediante llamados al diálogo o despliegues de autoridad. Las fracturas sociales y políticas suelen tener raíces profundas y requieren respuestas que trasciendan la coyuntura.
Por eso, la llegada de Justiniano representa algo más que un cambio de nombres dentro del gabinete. Simboliza la apuesta del Gobierno por transmitir control en un momento en que la incertidumbre amenaza con convertirse en el principal adversario.
Mientras los bloqueos continúan y las negociaciones avanzan lentamente, el nuevo ministro inicia su gestión con una misión compleja: demostrar que la firmeza puede convivir con la legalidad y que el Estado todavía tiene capacidad para recuperar la estabilidad sin renunciar a los principios democráticos que dice defender.

