LA PAZ, 30 jul (El Libre Observador) — Lo que pudo haber sido una jornada de unidad y orgullo nacional en Perú, conmemorando el 204 aniversario de su independencia, derivó en un nuevo episodio de tensión diplomática andina. La chispa la encendió la presidenta Dina Boluarte, cuando desde el hemiciclo del Congreso en Lima comparó a Bolivia con regímenes fallidos como los de Cuba y Venezuela. La respuesta boliviana no tardó: “Enérgico rechazo”, “inadmisible declaración”, “no representa el sentir del pueblo peruano”.
Las palabras del presidente boliviano Luis Arce fueron tan contundentes como medidas, reflejando el delicado equilibrio entre la indignación diplomática y la preservación de los lazos históricos con el pueblo peruano.
En su discurso del 28 de julio, Boluarte defendió su polémica gestión tras la caída de Pedro Castillo y afirmó que su gobierno evitó que el Perú “se convirtiera en un país fallido como Cuba, Venezuela y Bolivia”.
La frase, pronunciada con determinación frente al Congreso, fue entendida en La Paz no como una simple referencia política, sino como una afrenta directa a la soberanía boliviana y una descalificación ideológica sin precedentes recientes entre ambos países.
Al día siguiente, el presidente Arce publicó un mensaje firme, que no se limitó a rechazar las palabras de Boluarte, sino que también matizó: “Consideramos que no representa el verdadero sentir del pueblo peruano, con el cual mantenemos históricos lazos de hermandad, respeto y cooperación”.
La Cancillería boliviana citó de inmediato al Encargado de Negocios de la Embajada del Perú en La Paz, y simultáneamente, instruyó a su delegación en Lima para expresar oficialmente su repudio. Con este gesto diplomático, Bolivia marcó un límite claro y buscó blindar el terreno común entre los pueblos por encima de las tensiones entre gobiernos.

Pero el contexto va más allá del episodio puntual. La relación entre Arce y Boluarte ya venía marcada por desconfianza mutua desde finales de 2022, cuando el entonces presidente peruano Pedro Castillo fue destituido por el Congreso tras intentar disolverlo. Bolivia fue uno de los países que más activamente cuestionó la legalidad de su caída y denunció el uso excesivo de la fuerza durante las protestas sociales que siguieron en diversas regiones peruanas, especialmente en Puno, donde se reportaron víctimas civiles.
Desde entonces, el gobierno de Arce mantuvo un tono crítico hacia la gestión de Boluarte y evitó encuentros bilaterales de alto nivel. En ese marco, las declaraciones del 28 de julio fueron interpretadas en Bolivia como la culminación de una deriva política que busca consolidar una narrativa conservadora en Perú, alimentada en parte por la demonización de los gobiernos de izquierda en la región.
“Esperamos que, a través de la diplomacia de los pueblos, sigamos fortaleciendo los lazos históricos que nos unen especialmente con nuestros hermanos peruanos”, aseveró Arce, dejando abierta una puerta al entendimiento por vías alternativas a la oficialidad diplomática.
Expertos en política internacional señalan que el uso del término “país fallido” no es casual y responde a una estrategia retórica que busca reposicionar a Boluarte frente a una ciudadanía fragmentada, con una popularidad en declive y cuestionamientos sobre su legitimidad. En ese proceso, construir un enemigo externo —sea Venezuela, Cuba o Bolivia— se convierte en una herramienta de cohesión discursiva para reafirmar su permanencia en el poder.
Para Bolivia, sin embargo, la frase rebasa los límites de lo tolerable. No solo implica una desacreditación del modelo del Estado Plurinacional, sino también una falta de respeto al camino democrático que —pese a las tensiones internas y la crisis económica— ha sostenido la administración de Luis Arce desde 2020.
La estabilidad institucional boliviana, aunque desafiada por pugnas internas entre facciones del MAS, dista de la figura de un “Estado fallido” en los términos más comunes del derecho internacional.
“Estas aseveraciones no solo son ofensivas, sino peligrosas para la integración regional”, comentó Hugo Gutiérrez Fleco. “Sabemos que las relaciones con Perú están heridas, pero atacar directamente la viabilidad de un país vecino es un paso sin retorno si no se rectifica”.

