Por: Neilss Quinteros Cortez

LA PAZ, 9 jun (El Libre Observador) — La mística universal asocia los «40 días y 40 noches» con la prueba definitiva, el aislamiento extremo y el límite de la resistencia antes de tocar fondo, se refleja hoy en la sede de Gobierno de Bolivia, donde ha dejado de ser una metáfora bíblica o un referente histórico para convertirse en una dolorosa radiografía cotidiana; para las familias paceñas, estos 40 días se miden en el frío de las madrugadas haciendo filas interminables en los surtidores en busca de gasolina, las 40 noches se traducen en la angustia silenciosa de no saber cómo se estirará el dinero al día siguiente, en una peregrinación constante por mercados desabastecidos, buscando alimentos económicos que ya no existen.
EL BECERRO DE ORO DE LA POLARIZACIÓN
Ante este panorama de asfixia, la respuesta oficial se ha estancado en un deslinde de responsabilidades, el discurso gubernamental se ha limitado a señalar culpables, apuntando a supuestos planes de desestabilización, conspiraciones narcoterroristas y facciones masistas orientadas a «tumbar» la gestión.
Sin embargo, cuando una crisis se prolonga por más de un mes, el relato de la victimización empieza a agrietarse ante la cruda realidad de los hechos. Estos 40 días y 40 noches de parálisis colectiva debieron servir para que la ciudadanía empiece a notar el verdadero fondo del problema, pero, al contrario, se agudizó la polarización y la pelea entre hermanos.
El problema de fondo no son los bloqueos, sino quién no los evitó; el problema no son las movilizaciones en las carreteras, sino quién decidió no escuchar cuando las alarmas sociales y económicas empezaron a encenderse; la crisis actual no persiste solo por la beligerancia de quienes cierran las rutas, sino por la llamativa falta de acciones contundentes y soluciones estructurales de quienes sostienen las riendas del Estado.

LA ILUSIÓN O REALIDAD DEL DILUVIO
Es aquí donde surge la hipótesis más incómoda, pero necesaria de analizar: ¿Por qué no se dan soluciones? ¿A quién le conviene realmente que los caminos sigan cerrados? ¡Que caiga el diluvio!
Si mañana, por un milagro político, todos los bloqueos del país se levantaran, el verdadero examen comenzaría para el Ejecutivo, sin piedras en el asfalto ni carreteras cortadas, la realidad del país quedaría al desnudo: el desabastecimiento de combustible continuaría, las dudas sobre la calidad también, las divisas no aparecerían mágicamente, al disiparse el humo de las protestas, el Gobierno se quedaría sin su principal escudo argumental: «un culpable».
Por eso, la inacción y la falta de medidas efectivas para resolver el conflicto no deben percibirse como simple incapacidad, sino como una estrategia de dilación para resolver problemas al interior de su gobierno, por eso el bloqueo en las carreteras funciona como una gigantesca cortina de humo perfecta, mientras la atención pública y la frustración ciudadana se concentran en el asfalto cerrado, quedan convenientemente en el fondo del debate, los problemas estructurales de esta administración: la crisis de liquidez, los cuestionamientos a la transparencia en el manejo de recursos, las deficiencias en la gestión administrativa y los escándalos recurrentes de corrupción y narcotráfico que inundan la coyuntura, en fin… Bolivia y de manera cruda la ciudad de La Paz, está atravesando su propio desierto, pero a diferencia de los relatos clásicos, donde las pruebas que purifican terminan, estos 40 días y 40 noches corren el riesgo de prolongarse indefinidamente si se sigue utilizando el sufrimiento de la población como el colchón político que amortigua el colapso de un modelo.

CONCLUSIÓN: EL FIN DE LAS PROFECÍAS
La historia nos enseña que ningún desierto es eterno y que las cortinas de humo acaban por disiparse. El verdadero peligro de estirar la crisis no es solo el descalabro económico, sino el quiebre del tejido social, la dolorosa constatación de que la confrontación entre bolivianos ha sido instrumentalizada para postergar debates inevitables.
Cuando el asfalto finalmente quede libre y las cuentas fiscales sigan vacías, la narrativa del sabotaje ya no alcanzará para llenar los tanques ni para bajar el precio de la canasta familiar. Llegará el día en que el Gobierno deba mirar de frente a los ciudadanos, ya no para señalar a los enemigos de turno, sino para rendir cuentas de su propia administración. Al final de este calvario, la verdad no se encontrará en las carreteras bloqueadas, sino en las respuestas que nunca se quisieron dar.

