Por Marcelo Carmona M.
LA PAZ, 21 abr (El Libre Observador) — Bolivia se dirige hacia las elecciones generales del 17 de agosto de 2025 con el timón roto y la brújula extraviada. Lo que debería ser una antesala de propuestas, debates serios y construcción colectiva de país, se ha convertido en un carnaval anticipado de egos, improvisaciones y alianzas sin identidad.
Las cifras son elocuentes: cinco alianzas registradas, 11 organizaciones políticas notificadas, precandidatos que se promocionan sin siquiera tener sigla legal, y partidos que tienen sigla, pero no candidato. Un rompecabezas sin lógica, donde cada pieza parece responder más a cálculos personales que al bien común.
Lo que estamos presenciando no es solo una fragmentación política. Es una descomposición institucional disfrazada de pluralismo. La política boliviana ha mutado en una especie de empresa privada donde la sigla partidaria se compra, se alquila o se negocia como si fuera una franquicia. “Tener sigla se ha vuelto un negocio”, apunta con razón la analista Susana Bejarano. La política como empresa, el voto como mercancía, y el electorado como botín.
En este circo electoral adelantado en el país en crisis económica, política y de identidad ideológica, la competencia no es entre ideas, sino entre vanidades, prebendas y económicas. Algunos nombres suenan como binomios presidenciales antes incluso de tener una estructura legal detrás.
Otros, desde trincheras partidarias envejecidas, buscan reciclarse a costa del desconcierto ciudadano. La consecuencia: una ciudadanía cada vez más escéptica, confundida y desmotivada ante una clase política que no logra articular ni siquiera un proyecto de país coherente.

Y mientras tanto, el MAS, con todas sus fracturas internas y desgaste político, observa cómo sus adversarios hacen el trabajo por él: dividirse, pese a su desgaste de casi una década en el poder.
La oposición, lejos de conformar un bloque cohesionado capaz de disputarle el poder al masismo, se dispersa en microproyectos, candidaturas testimoniales y estrategias que solo contribuyen a profundizar la incertidumbre política electoral. Lo advierte con claridad el analista Gustavo Pedraza: si nadie renuncia a sus “ambiciones personales o de grupo”, el MAS, si logra su unidad, podría llevarse la victoria en primera vuelta. No por mérito propio, sino por la miopía ajena.
Lo verdaderamente alarmante es que esta fragmentación no es solo electoral, es ideológica. No existe una propuesta unificadora, ni en el bloque popular, en la oposición tradicional ni en el masismo. No hay liderazgos con visión nacional, solo figuras atomizadas con agendas locales o personales. Y ante este vacío, surgen actores nuevos como el de Carlos Dunn, que lejos de articular unificador, parece sumar al caos generalizado.

¿Hacia dónde va Bolivia?
Hacia una elección donde el resultado no reflejará la voluntad mayoritaria, sino la dispersión de un país políticamente huérfano, que abre paso nuevamente a la democracia pactada a cambio de prebendas y una inestabilidad e ingobernabilidad.
Donde el riesgo de que una minoría organizada imponga su proyecto por encima de una mayoría dividida es altísimo. Donde los errores del pasado se repiten con una obstinación peligrosa.
¿Es tarde para corregir el rumbo?
No. Pero urge actuar con madurez. Las fuerzas políticas que realmente aspiran a una transformación democrática deben dejar de verse como competidoras y empezar a verse como complementarias. Es necesario construir una agenda común mínima, con ejes como independencia judicial, respeto institucional, crecimiento económico sostenible y reconciliación nacional. No se trata de borrar las diferencias, sino de priorizar los consensos.
Urge también una reforma política que limite el uso mercantil de las siglas, que exija primarias reales, y que obligue a los partidos a tener estructura, propuesta y transparencia. No se puede seguir improvisando cada cinco años con los mismos errores que contribuyen a la ingobernabilidad que provoca la inestabilidad económica, como la que vive el gobierno de Luis Arce y con él, el pueblo boliviano.
Bolivia merece más que un desfile de vanidades. Requiere líderes que sepan postergar sus intereses personales por un proyecto colectivo. Demanda una oposición seria, una ciudadanía informada y un Estado que garantice el juego limpio. Pero para ello, hay que despertar del letargo. Y pronto.


