LA PAZ, 1 sep (El Libre Observador) — Hace once años, cuando las primeras cabinas del teleférico comenzaron a flotar sobre los cerros de La Paz y El Alto, pocos imaginaron que aquel sistema de transporte por cable se convertiría en el eje vertebrador de la movilidad urbana boliviana. Hoy, con más de 640 millones de pasajeros transportados, Mi Teleférico no solo es la red de transporte por cable urbano más grande del mundo: es también un símbolo de integración social, transformación urbana y orgullo nacional.
La Paz y El Alto son ciudades hermanas y, al mismo tiempo, radicalmente distintas. La primera, encajada en un cañón profundo, es sede del gobierno y epicentro administrativo del país; la segunda, extendida sobre la planicie del altiplano, es la urbe más joven y de mayor crecimiento en Bolivia. Durante décadas, ambas estuvieron conectadas únicamente por carreteras congestionadas, en las que los trayectos podían extenderse hasta una hora y media en hora punta.
El teleférico irrumpió como una respuesta innovadora a esa geografía hostil. Con diez líneas y 33 kilómetros de extensión, el sistema acortó viajes a minutos, redujo la dependencia del transporte terrestre y, sobre todo, abrió la posibilidad de que miles de alteños accedan diariamente al corazón paceño con mayor rapidez y seguridad.
Movilidad y cohesión social
El impacto del teleférico trasciende la lógica del transporte. Las estaciones se han convertido en nuevos centros urbanos, donde confluyen mercados, servicios y espacios de encuentro. Para los estudiantes, trabajadores y comerciantes que recorren diariamente las cabinas, el sistema representa algo más que eficiencia: simboliza dignidad.
“Antes me tardaba casi dos horas en llegar a la universidad. Ahora llego en veinte minutos y hasta me da tiempo de estudiar en el camino”, relata Jimena, estudiante alteña de Economía. Historias como la suya se repiten en miles de usuarios que han experimentado un cambio en su calidad de vida gracias al cableado aéreo.
La tarifa, de apenas tres bolivianos (menos de medio dólar), ha sido un factor decisivo para consolidar el teleférico como transporte masivo. Frente a las presiones privatizadoras, la administración estatal defiende que un eventual incremento a 20 o 25 bolivianos —según cálculos iniciales de viabilidad— haría inviable el acceso de la mayoría de los usuarios.

Un atractivo turístico inesperado
Aunque nació como un proyecto de movilidad, Mi Teleférico se convirtió también en una de las principales atracciones turísticas de Bolivia. Desde las cabinas, los visitantes observan un mosaico urbano único: los rascacielos modernos del centro paceño, las viviendas multicolores que trepan las laderas y, al fondo, la silueta majestuosa del nevado Illimani.
El alto flujo de turistas, sobre todo entre jueves y domingo, ha dado un nuevo impulso a la economía local. Restaurantes, guías y emprendimientos culturales se articulan en torno a las estaciones, consolidando al teleférico como una puerta de entrada a la experiencia paceña.
Una red que redefine la ciudad
El teleférico no solo conecta puntos geográficos: también ha reconfigurado la percepción del espacio urbano. Donde antes había barrios aislados, hoy existen corredores integrados; donde predominaba el tráfico caótico, ahora surgen rutas limpias y rápidas. El cableado aéreo permitió incluso replantear la planificación urbana, con proyectos residenciales y comerciales que se diseñan alrededor de sus estaciones.
La red, inaugurada con la Línea Roja en 2014, se expandió hasta alcanzar diez líneas: Plateada, Morada, Café, Blanca, Celeste, Naranja, Azul, Verde, Amarilla y Roja. Cada una de ellas forma parte de un engranaje que ha convertido al sistema en referencia internacional de transporte sostenible en ciudades con topografía compleja.

Un espejo de la Bolivia contemporánea
Más allá de la infraestructura, Mi Teleférico refleja las tensiones y aspiraciones del país. Por un lado, la defensa de su carácter estatal se convirtió en bandera política frente a las propuestas privatizadoras. Por otro, la sostenibilidad financiera del sistema sigue siendo un tema de debate en cada campaña electoral.
Lo cierto es que, en un país marcado por profundas desigualdades sociales y geográficas, el teleférico se ha consolidado como un instrumento de integración. Sus 640 millones de viajes no son solo cifras: son trayectorias que cruzan clases sociales, ciudades y generaciones, redefiniendo la manera en que bolivianos y bolivianas habitan su capital.
El futuro en el aire
Con la transición de gobierno en el horizonte, la empresa estatal asegura que trabaja en un proceso ordenado y transparente. La incógnita es si la próxima administración mantendrá la expansión del sistema o priorizará otras formas de transporte.
Mientras tanto, para millones de usuarios, Mi Teleférico ya no es un proyecto: es parte de su vida cotidiana. “La Paz se ve diferente desde el aire”, dicen los turistas. Para los paceños y alteños, en cambio, el teleférico no solo ofrece una vista: ofrece la posibilidad de imaginar una ciudad más conectada, menos desigual y un poco más cercana a su propio futuro.

