Por Vladimir Huarachi Copa
LA PAZ, 24 mar (El Libre Observador) — Las victorias, presentadas como irreversibles, de los candidatos en las elecciones subnacionales del 22 de marzo en todo el territorio boliviano no deberían, por sí solas, encumbrar sus programas de gobierno. Tras alcanzar esta hazaña electoral, conviene recordar que lo que atraviesan no es más que un momento transitorio, el paso de la campaña a la responsabilidad, de la promesa al compromiso.
En ese sentido, la etapa que se abre para las autoridades electas debe entenderse como una transición, no como un proceso de apuntalamiento en el poder. Pero ¿qué es lo que generalmente ocurre después de ganar una elección?
Lo habitual es que, una vez alcanzado el poder, el tránsito se detenga. La lógica de servicio cede ante la lógica de permanencia. Así, lo que debería concluir en una transición cumplida, con promesas materializadas, termina transformándose en un nuevo punto de partida hacia otra campaña, ya sea para la reelección o para ceder el mando a un sucesor de la misma línea política. Lejos de cerrar ciclos, se los recicla.
Al asumir el mando en alcaldías y gobernaciones, casi todas las nuevas autoridades inician, más bien, un proceso de reconfiguración del escenario según intereses particulares. Y, en consecuencia, tanto quienes votaron por ellas como quienes no lo hicieron deberán enfrentarse a un posible “shock” desde el primer día de gestión.

Ese “shock” ciudadano no es casual. Por un lado, están quienes depositaron su esperanza en una transición política real; por otro, quienes votaron en contra, cargando con la incertidumbre y el temor frente a las nuevas autoridades. Entre expectativas y desconfianzas, se instala un escenario donde la transición vuelve a fallar.
Así, pareciera que en Bolivia los ciudadanos estamos condenados a transiciones fallidas, en gran medida por la ausencia de un horizonte político que responda a las necesidades objetivas de las distintas alcaldías y gobernaciones. Esta misma lógica se refleja a nivel nacional, un gobierno que no logra encajar con la realidad del país, pero que sí parece responder a un “poder oculto” que, en rigor, de oculto tiene poco. En ese sentido, más que ruptura, asistimos a una prolongación de lo anterior.
Por ello, las transiciones fallidas en los distintos rincones del país no son hechos aislados, sino la extensión de una transición nacional igualmente fallida: marcada por la incertidumbre, la opacidad y la falta de rendición de cuentas. Basta un ejemplo, el caso de las 32 maletas provenientes de Estados Unidos. A la fecha, 24 de marzo, han transcurrido 62 días sin que se conozca información clara al respecto. Todo indica que el objetivo es diluir el tema en medio del ruido electoral y los nuevos temores que acompañan a cada cambio de autoridades.
Entonces, ¿qué le espera a Bolivia? La reiteración de un ciclo, una nueva sala de tortura política donde se induce al olvido, para que, cinco años después, los ciudadanos vuelvan a elegir a otro verdugo que reactive el mismo “shock”.


