LA PAZ, 22 may (El Libre Observador) — El golpe no llegó desde la oposición ni desde las calles tomadas por las protestas. Llegó desde dentro del propio Gobierno. Apenas horas después de abandonar el gabinete, el exministro de Trabajo Édgar Morales rompió el silencio con una acusación demoledora contra el círculo más cercano del presidente Rodrigo Paz al señalar que “sus operadores políticos son malísimos. No conocen la realidad del país”.
En medio de una de las peores crisis políticas y sociales que atraviesa Bolivia en los últimos años, las declaraciones de Morales dejaron al descubierto las fracturas internas de un Gobierno cada vez más cercado por protestas, bloqueos y desgaste político.
El exministro no solo cuestionó la capacidad del equipo presidencial. También sugirió que algunos asesores serían extranjeros y acusó al entorno del mandatario de empujarlo a cometer errores políticos en un momento crítico para el país.
“Le están hablando al oído y le están haciendo meter la pata”, afirmó durante una entrevista en la radio Erbol, en un tono más cercano al desencanto que a la disciplina partidaria.

La escena resulta especialmente sensible porque llega mientras La Paz y El Alto viven jornadas diarias de tensión, gases lacrimógenos y marchas multitudinarias que exigen la renuncia presidencial y elecciones anticipadas. En ese contexto, las palabras de Morales parecen confirmar algo que ya circulaba en los pasillos políticos bolivianos: el aislamiento creciente del presidente y la desconexión entre el poder central y las bases sociales que antes sostenían al oficialismo.
Morales aseguró que nunca tuvo enfrentamientos con ministros ni autoridades formales, pero sí apuntó directamente a los asesores políticos que rodean al mandatario. Según dijo, son ellos quienes terminan condicionando las decisiones presidenciales y alejando al Gobierno de la realidad social del país.
“Creo que tiene cinco o seis asesores políticos, ellos son los que le están haciendo meter la pata cada día”, sentenció.
La crítica no se limitó al círculo presidencial. El exministro describió también un país donde las demandas básicas vuelven a pesar más que los discursos políticos. Habló de comunidades de El Alto y de las provincias paceñas cansadas de esperar obras públicas, proyectos de agua potable, alcantarillado o infraestructura básica.
“La gente estaba acostumbrada a ver inauguraciones”, explicó, sugiriendo que el Gobierno perdió capacidad de conexión con sectores populares que históricamente definieron el pulso político boliviano.
En Bolivia, donde la legitimidad suele medirse tanto en votos como en presencia territorial y obras visibles, esa desconexión puede convertirse rápidamente en una amenaza política.
Morales también dejó entrever resentimiento por lo que considera una falta de reconocimiento a su aporte electoral en el occidente del país. Aseguró haber contribuido con apoyo político decisivo para la llegada de Rodrigo Paz al poder junto a otros dirigentes regionales.
“Mis hermanos del campo, de las provincias y de El Alto están molestos con el Gobierno”, afirmó.

Pero quizás la acusación más delicada apareció cuando habló de corrupción dentro del Ministerio de Trabajo. Morales, militar de formación, sostuvo que durante su gestión intentó imponer orden y combatir prácticas irregulares enquistadas desde administraciones anteriores.
“Luchar contra la corrupción realmente es grave, gravísimo”, dijo, insinuando que esa posición pudo haber precipitado su salida del gabinete.
Según relató, había intentado renunciar desde la semana pasada, aunque no lograba reunirse con el presidente. Finalmente dejó el cargo este jueves, en medio de un país paralizado por más de tres semanas de bloqueos y una presión política creciente sobre el Ejecutivo.
La renuncia y las posteriores declaraciones del exministro llegan en el peor momento posible para Rodrigo Paz. Mientras el Gobierno enfrenta protestas masivas, enfrentamientos callejeros y advertencias de las Fuerzas Armadas sobre grupos armados irregulares, ahora también debe lidiar con una crisis silenciosa pero igual de peligrosa: la erosión interna de confianza dentro de su propio equipo.

