LA PAZ, 14 ago (El Libre Observador) – Cada agosto, Bolivia se sumerge en una tradición milenaria que conecta a sus ciudadanos con la tierra que los nutre y sustenta: la celebración del mes de la Pachamama, la Madre Tierra. Desde el 1 de agosto hasta el 31, miles de bolivianos, sin distinción de clase social, ofrecen «k’oas», rituales de agradecimiento y peticiones, en los que depositan sus deseos más profundos: salud, amor, dinero y trabajo.
En un país donde las tradiciones milenarias continúan resonando con fuerza, Bolivia se entrega a la celebración en agosto de todos los años a la Pachamama, la Madre Tierra, con ofrendas y rituales que conectan a las comunidades indígenas y urbanas.
Durante todo el mes de agosto, los bolivianos rinden homenaje a esta deidad andina, agradeciendo por los frutos y recursos que la tierra les ha otorgado.
Desde los grandes negocios en las ciudades hasta los rincones más remotos de las áreas rurales, el país se ha envuelto en una atmósfera de espiritualidad y respeto por la naturaleza.

El experto en tradiciones ancestrales, Manuel Tola, comentó a El Libre Observador que las ceremonias, lideradas por autoridades del gobierno y guiadas por los “yatiris” y “amautas” indígenas, reflejan una conexión profunda con la Pachamama, considerada la máxima divinidad de los pueblos andinos.
“En la cultura andina, la Madre Tierra no solo es protectora, sino también un símbolo de fertilidad, abundancia y generosidad”, comentó.
Estas ofrendas, conocidas como «mesas», pueden variar en costo, desde 200 bolivianos hasta sumas que alcanzan los 5.000 bolivianos, reflejando la diversidad de presupuestos y la devoción que cada persona pone en estos rituales. No solo en los hogares, sino también en negocios, bancos e instituciones estatales, se puede observar a la gente rendir tributo a la Pachamama, con la esperanza de que sus deseos sean escuchados y cumplidos.
El experto explicó que la práctica de alimentar a la Pachamama tiene raíces profundas en la cultura andina, una mezcla de creencias religiosas y devoción a deidades ancestrales. “Se cree que la tierra, personificada en la Pachamama, tiene hambre, y es deber de los bolivianos «alimentarla» para asegurar su generosidad y bendiciones. Esta tradición, que se remonta a tiempos precolombinos, ha resistido el paso del tiempo y ha ganado fuerza en la modernidad, reflejando la rica herencia cultural del país”, aseveró.

Las ofrendas son elaboradas con elementos simbólicos como algodones, claveles, dulces y hojas de coca, y se queman en ceremonias que varían según las aspiraciones de quienes participan.
En las comunidades rurales, los rituales se realizan en los lugares más altos, o “apachetas”, donde los indígenas agradecen por la fertilidad de la tierra y buscan bendiciones para el próximo ciclo agrícola. En las ciudades, la tradición se adapta, y la gente pide prosperidad y protección para sus bienes y negocios.
Este mes es especialmente significativo en la cosmovisión andina, ya que marca el final de la primera temporada agrícola y el momento en que la Pachamama “abre la boca” para recibir las ofrendas.
Según Marcelino Mamani, un respetado amauta indígena, estas prácticas han evolucionado con el tiempo, pero su esencia permanece intacta: mantener una relación de equilibrio y reciprocidad con la tierra, asegurando así la continuidad de su generosidad.
En un mundo que avanza hacia la modernidad, la celebración de la Pachamama en Bolivia es un recordatorio poderoso de la importancia de preservar las tradiciones que nos conectan con nuestras raíces y el entorno natural.


