LA PAZ, 23 oct (El Libre Observador) — El eco de un tipo de cambio que se ha escapado de los controles tradicionales y una banca privada exige que el nuevo Gobierno actúe con premura. Para los bancos autónomos asociados en la Asociación de Bancos Privados de Bolivia, la situación no admite dilaciones: lo que está en juego es la confianza en el sistema financiero y la legitimidad de la política económica del país.
Según declaraciones de su secretario ejecutivo, Nelson Villalobos, “estamos inmersos en una crisis cambiaria”. Las cifras le dan la razón: mientras el tipo de cambio oficial se mantiene en 6,96 bolivianos por dólar, según la política defendida por el Banco Central de Bolivia desde 2011, el dólar en el mercado paralelo supera los 12,70 bolivianos. Una brecha que ya no es anecdótica, sino casi estructural.
Este desfase creciente es el síntoma visible de un problema mayor. Bolivia acumula un déficit comercial, ve cómo sus ingresos por gas decaen y arrastra la carga de subvenciones energéticas que absorben dólares que el país ya no consigue. Expertos advierten que el actual modelo de tipo fijo y de intervención directa está agotado.
La banca privada no solo ve el problema: plantea definiciones y exigencias. Para que el tipo de cambio mantenga una línea creíble, aseguran, se necesita “una fuerte inserción de dólares en la economía”.
Villalobos añade que cualquier propuesta de reforma cambiaria —por ejemplo, la instauración de una “banda” en la que el mercado opere libremente dentro de un techo y un piso— requiere respaldo desde las reservas, desde la entrada de divisas frescas, y desde una reforma inmediata del marco regulatorio.
Por su parte, el nuevo presidente electo Rodrigo Paz Pereira afronta esta tormenta con conciencia de urgencia. Su declaración de que el país cuenta con créditos externos por 3.500 millones de dólares sin desembolsar muestra el reconocimiento del problema: sin líquido en moneda dura, no hay tipo de cambio que aguante. Pero los bancos saben que más allá del crédito lo que importa es cómo se traduce en reservas efectivas, en autoridad del regulador y en señales claras al mercado.

La tensión se palpa en los pasillos del poder y en los despachos de bancos. Para muchos pequeños importadores, prestatarios o ciudadanos con ahorros en dólares, la doble cotización representa un daño directo: importaciones encarecidas, ahorros vulnerables, y la sospecha de que la corrección podría venir por dos vías, ambas dolorosas: devaluación o ajuste duro.
En esta encrucijada, la banca privada levanta la voz como contrapoder sano: “No se trata solo de cambiar el número, sino de recuperar credibilidad”, aseguran. Y en el fondo lo que queda del debate es simple: si Bolivia quiere salir de la zona de riesgo cambiario, alguien debe decidir rápido, con transparencia, qué tipo de cambio desea y qué economía está dispuesta a sostener.
Porque al final, como bien observan los banqueros, “el dólar no se mide solo en billetes, sino en confianza”. Y en Bolivia esa confianza está bajo prueba.

