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ESPECIAL: Bolivia, al borde del estancamiento: Cepal reduce su crecimiento al 1 %, el más bajo de Sudamérica

El Libre Observador
Publicado : 23 de octubre de 2025 5:56 PM
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11 Min Lectura
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LA PAZ, 23 oct (El Libre Observador) — Bolivia, alguna vez celebrada como el “milagro económico andino”, enfrenta actualmente una de sus coyunturas más críticas en dos décadas. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) redujo esta semana la proyección de crecimiento del país a 1 % para 2025, la cifra más baja de Sudamérica y una de las más débiles del hemisferio.

El nuevo informe del organismo de Naciones Unidas refleja un escenario de agotamiento estructural del modelo económico boliviano, sostenido desde 2006 sobre los pilares del tipo de cambio fijo, la subvención de combustibles y una alta dependencia de las exportaciones de gas natural.

“La prolongada escasez de divisas, los episodios de desabastecimiento de combustibles y la caída de los ingresos por exportaciones determinarán un crecimiento del PIB cercano al 1 %”, señala el informe publicado en Santiago.

La cifra contrasta con los años dorados del superciclo de materias primas (2006-2014), cuando Bolivia crecía a ritmos de entre el 5 % y el 6 % anual, impulsada por la renta gasífera y una política redistributiva que redujo la pobreza y la desigualdad. Hoy, sin embargo, el país se asoma a una etapa de estancamiento prolongado, con desequilibrios macroeconómicos que erosionan los logros de aquella bonanza.

El peor desempeño de Sudamérica

De acuerdo con la Cepal, Bolivia registrará el menor crecimiento del subcontinente, por debajo de Perú (3,2 %), Chile (2,6 %), Brasil (2,5 %) y Argentina (4,3 %). En la región, solo Cuba (-1,5 %) y Haití (-2,3 %) se encuentran en una situación más precaria.

Mientras tanto, Venezuela (6 %) y Paraguay (4,5 %) liderarán la expansión regional, impulsadas por la recuperación de sus sectores energéticos y agrícolas. El promedio de crecimiento en América Latina se situará en 2,4 %, según la misma Cepal, lo que deja a Bolivia “rezagada y vulnerable”, en palabras de varios economistas consultados.

“La economía boliviana atraviesa un punto de inflexión: el modelo de tipo de cambio fijo y subsidios ya no es sostenible sin una inyección de divisas o una reforma estructural”, advierte José Ugarte, analista en conversación con este medio.

Según Ugarte, el país enfrenta simultáneamente tres presiones: el agotamiento de las reservas internacionales, el deterioro del sector energético y la pérdida de confianza del mercado cambiario. “Es una tormenta perfecta que nos deja sin instrumentos de ajuste ni amortiguación”, resume.

Reservas en su nivel más bajo en 20 años

Uno de los indicadores más preocupantes es el nivel de las Reservas Internacionales Netas (RIN), que según el Banco Central se redujeron a menos de 1.700 millones de dólares, el monto más bajo desde 2003. En 2014, en plena bonanza gasífera, las reservas superaban los 15.000 millones de dólares.

Este descenso drástico limita la capacidad del Estado para garantizar importaciones, estabilizar el tipo de cambio y sostener los subsidios energéticos. La falta de divisas, además, ha derivado en la aparición de un mercado paralelo donde el dólar se cotiza por encima de los 12,7 bolivianos, mientras que el tipo de cambio oficial permanece fijo desde 2011 en 6,96 bolivianos por dólar.

“La brecha cambiaria es el síntoma más visible de la pérdida de confianza”, señala Verónica Arze, economista del Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral y Agrario (Cedla). “El Banco Central no puede vender dólares suficientes y el mercado empieza a autorregularse con sobreprecio. Esa distorsión es insostenible a mediano plazo”.

El propio Fondo Monetario Internacional (FMI) advirtió en su informe de octubre que Bolivia registrará uno de los desempeños más débiles de América Latina, con un crecimiento de apenas 0,6 % y una inflación superior al 20 %, impulsada por la depreciación encubierta y la escasez de combustibles.

El costo político de los subsidios

El talón de Aquiles del modelo boliviano es el sistema de subvención a los hidrocarburos, instaurado en 2004 y mantenido sin modificaciones durante dos décadas. El país importa gasolina y diésel a precios internacionales, pero los vende en el mercado interno a valores congelados desde hace 18 años.

Según estimaciones del Ministerio de Economía, el costo fiscal de los subsidios supera los 1.700 millones de dólares anuales, equivalente al 4,2 % del PIB. Ese gasto representa más del doble del presupuesto nacional en educación superior y el triple del destinado a salud pública.

“Los subsidios energéticos han cumplido una función social y política, pero hoy se han convertido en una carga insostenible”, apunta Jaime Dunn, analista financiero. “Si el Gobierno los reduce, se enfrenta a una ola de protestas; si los mantiene, se queda sin reservas. Cualquiera de las dos decisiones tiene un alto costo político”.

El gobierno entrante de Rodrigo Paz Pereira —electo con el 54,9 % de los votos— hereda un panorama de tensiones acumuladas y deberá definir si mantiene el tipo de cambio fijo o adopta un sistema de bandas flotantes, como propuso durante la campaña.

Su equipo económico asegura que existen 3.500 millones de dólares en créditos internacionales no desembolsados, que podrían aliviar temporalmente la falta de liquidez, aunque sin resolver el problema estructural.

De la bonanza al desgaste

Entre 2006 y 2014, el auge del gas natural permitió a Bolivia mantener superávits gemelos —fiscal y comercial— y financiar una ambiciosa política de redistribución. Durante ese período, la pobreza extrema cayó del 38 % al 15 %, y el ingreso per cápita se duplicó.

Pero desde 2015 la tendencia se revirtió. Las exportaciones de gas cayeron más del 50 %, los contratos con Brasil y Argentina fueron renegociados a la baja, y la producción interna comenzó a declinar. Sin ingresos suficientes, el Estado optó por mantener los subsidios y el tipo de cambio fijo, utilizando las reservas como colchón temporal.

“El modelo del ‘vivir bien’ funcionó mientras hubo renta gasífera; sin ella, se ha vuelto un modelo de sobrevivencia”, explica Carlos Toranzo, politólogo y ex asesor del Ministerio de Planificación. “El problema no es solo económico, sino político: ningún gobierno se atreve a desmontar el sistema porque sería impopular”.

La deuda pública también se ha incrementado: según datos del Ministerio de Economía, el endeudamiento externo e interno supera los 18.000 millones de dólares, lo que equivale a cerca del 50 % del PIB. Si bien Bolivia mantiene aún margen crediticio, el creciente costo del financiamiento internacional y la pérdida de reservas reducen su capacidad de maniobra.

Una región que se desacopla

El contexto regional tampoco favorece a Bolivia. América Latina, en su conjunto, crecerá 2,4 % en 2025, impulsada por la recuperación de Brasil y México, y por el repunte del comercio intrarregional. En el Cono Sur, Paraguay y Uruguay experimentan un nuevo auge agroexportador, mientras Perú y Chile logran estabilizar sus sectores mineros tras años de incertidumbre política.

En contraste, Bolivia parece atrapada en un modelo que envejece sin reemplazo. “La región se está diversificando hacia energías renovables, servicios digitales y agroindustria tecnificada. Bolivia, en cambio, sigue dependiendo del gas y los minerales”, observa Alicia Bárcena, ex secretaria ejecutiva de la Cepal y actual canciller mexicana.

Para Bárcena, el desafío no es solo macroeconómico: “El país necesita una estrategia de transición productiva que combine sostenibilidad, innovación y equidad. No se trata de crecer más, sino de crecer distinto”.

El desafío del nuevo gobierno

El gobierno de Rodrigo Paz asumirá el 8 de noviembre con la tarea de reconstruir la confianza económica interna y externa. En los mercados financieros, la expectativa es que anuncie pronto medidas para estabilizar el tipo de cambio y asegurar un flujo constante de divisas.

Sin embargo, los márgenes de acción son estrechos. Cualquier ajuste abrupto en el tipo de cambio podría disparar la inflación y erosionar el poder adquisitivo, mientras que una devaluación controlada requeriría reservas que el país ya no posee.

“El dilema boliviano es clásico: reformar sin colapsar”, resume el economista argentino Martín Tetaz. “Pero cuanto más se retrasa la decisión, más costoso será el ajuste”.

Mientras tanto, la población percibe los efectos cotidianos del desequilibrio: largas filas en surtidores, encarecimiento de productos importados y creciente desconfianza hacia el sistema financiero. En las calles de La Paz, la palabra “dólar” ha vuelto a ser sinónimo de incertidumbre.

Un modelo que busca reinventarse

Veinte años después de la nacionalización de los hidrocarburos, Bolivia enfrenta un nuevo desafío histórico: reconstruir su estabilidad sin gas, sin reservas y sin margen fiscal.

La Cepal, el FMI y el Banco Mundial coinciden en su diagnóstico: el país debe diversificar su economía, revisar su política de subsidios y restablecer la credibilidad de su sistema financiero. Pero la ejecución de esas reformas —económicas y simbólicas— dependerá de una voluntad política que, por ahora, parece tan escasa como los dólares.

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