LA PAZ, 3 jul (El libre Observador) — Durante años, el dinero enviado por los bolivianos que emigraron a España, Estados Unidos, Argentina o Chile fue una de las pocas fuentes de divisas que llegaban de forma constante al país. En tiempos de estabilidad cambiaria, esas transferencias representaban un apoyo silencioso para miles de hogares y la economía boliviana. Hoy, cuando el país atraviesa la mayor escasez de dólares de las últimas décadas, ese flujo también comienza a perder fuerza.
Las remesas enviadas por bolivianos residentes en el exterior sumaron 459,9 millones de dólares entre enero y mayo de 2026, una caída del 11,9 por ciento respecto al mismo periodo del año anterior, cuando alcanzaron 522 millones de dólares, según el más reciente informe del Banco Central de Bolivia (BCB). La diferencia —62,1 millones de dólares menos— supone un nuevo retroceso en uno de los ingresos externos más estables de la economía boliviana.
La disminución llega en un momento especialmente delicado. Bolivia enfrenta desde hace más de dos años una persistente falta de divisas que ha dificultado las importaciones, generado problemas para abastecer combustibles y alterado el funcionamiento de numerosos sectores productivos.
A finales de junio, el Gobierno abandonó el régimen de tipo de cambio fijo vigente desde 2011 y dio paso a un sistema cambiario flexible, bajo el cual la cotización oficial del dólar ronda actualmente los 9,80 bolivianos, frente a los 6,96 bolivianos que permanecieron invariables durante quince años.
Aunque el Banco Central no atribuye la caída de las remesas a una causa específica, el descenso reduce una fuente de dólares que tradicionalmente ha servido para amortiguar las restricciones externas de la economía boliviana.

Los datos oficiales muestran que España continúa siendo, con amplia diferencia, el principal origen de estos envíos. Los bolivianos radicados en ese país remitieron 231,56 millones de dólares, equivalentes al 50,25 por ciento del total recibido entre enero y mayo.
Le siguen Estados Unidos, con 69,55 millones de dólares, que representan el 15,1 por ciento de las remesas; Argentina, con 24,13 millones, equivalente al 5,3 por ciento; mientras que un conjunto de otros países aportó 49,50 millones de dólares, es decir, el 10,7 por ciento del total.
Detrás de esas cifras hay también una geografía de la migración boliviana. España mantiene una de las comunidades bolivianas más numerosas de Europa y continúa siendo el principal vínculo económico de miles de familias que dependen de los ingresos enviados desde el exterior. Durante los primeros cinco meses del año, las remesas procedentes de ese país se mantuvieron relativamente estables, con montos cercanos a los 47 millones de dólares mensuales tras un inicio de año ligeramente inferior.
Estados Unidos, por el contrario, mostró una trayectoria ascendente. Los envíos crecieron desde 12,34 millones de dólares en enero hasta 16,71 millones en mayo, reflejando un incremento gradual de las transferencias. Argentina registró un comportamiento más irregular, condicionado por la propia volatilidad económica que atraviesa ese país.

Un dato refleja también el cambio de los flujos migratorios regionales. Chile, que durante años ocupó el primer lugar como origen de las remesas hacia Bolivia, aportó 23,94 millones de dólares entre enero y mayo, una cifra ya superada ampliamente por España y Estados Unidos. Desde Perú llegaron otros 17,26 millones de dólares.
Más allá de su impacto sobre las familias, las remesas cumplen una función macroeconómica que adquiere mayor relevancia en el actual contexto. Junto con las exportaciones, el turismo, la inversión extranjera y los créditos internacionales, constituyen una de las principales vías de ingreso de moneda extranjera al país.
Su retroceso confirma que la presión sobre la disponibilidad de dólares ya no depende únicamente del desempeño de las exportaciones de gas o minerales. También alcanza a uno de los flujos más resilientes de la economía boliviana: el dinero que los emigrantes envían cada mes para sostener a sus familias y que, durante décadas, funcionó como un discreto pero constante colchón frente a las dificultades económicas nacionales. Hoy, incluso ese salvavidas comienza a mostrar señales de agotamiento.

