Por Richard Flores A.
LA PAZ – En medio de la efervescencia folklórica que marca el inicio del Carnaval de Oruro, “Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad” declarada por la UNESCO, una lamentable declaración ha desatado la indignación y la reflexión sobre el valor que otorgamos a la herencia cultural y la identidad.
El periodista Jhon Arandia, que conduce la Tertulia en radio Fides, bajo el falso pretexto de la modernidad y el glamour, ha despreciado el inmenso legado del Carnaval de Oruro, enalteciendo la visita de artistas internacionales, como Luis Miguel, sobre nuestra propia tradición.
Esta manifestación festiva de devoción, con sus 50.000 danzarines, 20.000 músicos y al menos 400.000 espectadores entre nacionales y extranjeros, tiene una historia que se remonta a siglos atrás, no solo es una festividad folclórica, religiosa y cultural, sino un pilar fundamental de la identidad boliviana.

Declarado en 2001 como “Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad” por la UNESCO, trasciende fronteras y conecta a las raíces más profundas de la bolivianidad.
Sin embargo, la desafortunada opinión de un periodista Arandia ha dejado entrever una realidad preocupante: la devaluación de su propia cultura en aras de una supuesta modernidad importada.
Al preferir un concierto de Luis Miguel sobre la majestuosidad del Carnaval de Oruro, este periodista no solo mancilla la cultura boliviana, sino que también perpetúa un complejo de inferioridad frente a lo extranjero.

Es lamentable que en pleno siglo XXI, donde la globalización debería servir para enriquecer y fortalecer las identidades culturales, aún existan personas que menosprecien lo propio en favor de lo foráneo. Es un síntoma de una sociedad que ha perdido el rumbo, que no valora su historia ni sus tradiciones, y que prefiere seguir ciegamente las modas y tendencias impuestas desde afuera.
La declaración de este periodista, que prefiere pagar Bs 700 (unos 100 dólares) para ver a Luis Miguel en lugar de admirar más de 50 fraternidades llenas de folclore, no solo es un insulto a la cultura boliviana, sino una afrenta a todos aquellos que trabajan incansablemente para preservar y promover las tradiciones.

Es un recordatorio de que los bolivianos deben ser los principales guardianes de su identidad, y no permitir que visiones distorsionadas y frívolas la desvirtúen.
Se espera que este lamentable episodio sirva como catalizador para un mayor aprecio y valoración de la riqueza cultural. El Carnaval de Oruro es mucho más que un evento folclórico; es un símbolo de la historia, la diversidad, identidad y cultura. Los orureños y todos los bolivianos no deben permitir que opiniones superficiales de los llamados “líderes de opinión” y carentes de sentido hagan olvidar quiénes “somos y de dónde venimos”.
En conclusión, es hora de reafirmar el compromiso por la cultura y empoderarse de la identidad. El Carnaval de Oruro merece todo el respeto y admiración, y es responsabilidad de cada uno de los bolivianos preservarlo y enaltecerlo en todo momento.
Con seguridad, la voz del pueblo y la fuerza de la cultura se impondrán sobre el desdén de aquellos que prefieren mirar hacia afuera en lugar de valorar lo que tienen en casa.

