LA PAZ, 17 feb (El Libre Observador) — En los pasillos del poder boliviano se repite una consigna que marca un quiebre con el pasado reciente de abrirse al mundo sin renunciar a los valores. La frase resume el espíritu de la nueva política exterior impulsada por el presidente Rodrigo Paz, una estrategia que busca convertir la diplomacia en una herramienta concreta para reactivar una economía golpeada por la pobreza, la informalidad y la desconfianza internacional.
El mensaje quedó claro durante la visita a Bolivia del presidente del Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe (CAF), Sergio Díaz-Granados, quien recorrió varias regiones del país y selló acuerdos para proyectos de infraestructura turística y energética, incluido el emblemático Salar de Uyuni. Para el Gobierno, la presencia del principal banco de desarrollo regional es algo más que financiamiento: es una señal política de que Bolivia vuelve a estar en el radar.
El canciller Fernando Aramayo lo explicó sin rodeos. La diplomacia boliviana, dijo, será “pragmática, pero basada en valores”, alineada con la defensa de la democracia y los derechos humanos, y abierta al diálogo incluso con países que no comparten plenamente esa visión. Dialogar, insistió, no significa negociar ni ceder, sino comprender intereses en un mundo cada vez más fragmentado.

Ese giro busca cerrar una etapa en la que, según el propio Ejecutivo, las posturas ideológicas alejaron inversiones y oportunidades. “El mundo nos está esperando con los brazos abiertos”, aseguró Aramayo, convencido de que la seriedad y las propuestas concretas han empezado a cambiar la percepción externa del país. La recuperación de la confianza de organismos multilaterales y socios bilaterales aparece como el primer dividendo de esa apuesta.
La agenda internacional de Paz refuerza ese relato. Tras su paso por el Foro Económico Mundial de Davos, el mandatario proyecta una intensa ronda de viajes que incluye Estados Unidos y Europa, además de encuentros regionales de alto nivel. En el horizonte inmediato figuran una cumbre presidencial convocada por Donald Trump, la asistencia a la investidura del nuevo presidente de Chile y un diálogo bilateral en preparación con Luiz Inácio Lula da Silva.
Más allá de los gestos diplomáticos, el Gobierno plantea una ambición estructural: reposicionar a Bolivia como un nodo logístico entre el Pacífico y el Atlántico, agilizar mercados y apostar por energías limpias (eólica, solar e hidrógeno) y por la innovación tecnológica. En un país donde cerca de un tercio de la población vive en pobreza y la informalidad domina el mercado laboral, la apertura internacional se presenta como una necesidad, no como un lujo.

