LA PAZ, 17 abr (El Libre Observador) — En los llanos del oriente de Bolivia, donde el pulso económico del país late al ritmo de la producción agrícola, una pregunta empieza a instalarse con fuerza: ¿cómo sostener el crecimiento en medio de costos energéticos crecientes y un entorno cada vez más exigente? La respuesta, al menos en el discurso oficial y empresarial, apunta a una transición que hasta hace poco parecía lejana como es el salto hacia energías alternativas.
El reciente acercamiento entre el Gobierno y la Cámara Agropecuaria del Oriente marca un intento por reconfigurar esa ecuación. En una reunión que reunió a autoridades del Ministerio de Hidrocarburos y Energías y a los principales representantes del agro cruceño, ambas partes acordaron impulsar el uso de energías limpias en el sector productivo, una apuesta que combina necesidad económica y presión ambiental.
No es una decisión menor. El agro boliviano, motor de exportaciones y abastecimiento interno, depende en gran medida de combustibles fósiles para sostener su maquinaria, riego y logística. En un contexto de volatilidad en el suministro de diésel y restricciones en divisas, el costo de producir se ha convertido en una variable cada vez más incierta.
“Fortalecer la articulación para promover el desarrollo sostenible” fue la fórmula elegida en el comunicado oficial. Pero detrás de esa expresión institucional hay un reconocimiento implícito de que el modelo energético que ha sostenido al campo durante décadas muestra signos de agotamiento.

La apuesta por energías alternativas, desde paneles solares hasta el aprovechamiento de biomasa aparece, así como una vía para reducir costos, mejorar la eficiencia y ganar competitividad. En un mercado global donde la sostenibilidad pesa cada vez más, producir con menor huella ambiental deja de ser un valor agregado para convertirse en una condición.
El encuentro, que contó con la participación de dirigentes de la CAO como Klaus Ferking y Yamil Nacif, también refleja un cambio en la relación entre el Estado y el sector agropecuario. Tradicionalmente marcada por desconfianzas, la interacción actual busca abrir espacios de cooperación en un momento en que la economía boliviana necesita recomponer equilibrios.
Sin embargo, el desafío no es solo tecnológico. Implementar energías alternativas en el campo implica inversiones, acceso a financiamiento y marcos regulatorios claros. También exige tiempo: la transición no será inmediata ni uniforme en un sector heterogéneo, donde conviven grandes agroindustrias y pequeños productores.
Aun así, el mensaje es claro. Bolivia empieza a explorar una transformación silenciosa en su matriz productiva, donde la energía deja de ser un insumo garantizado para convertirse en un factor estratégico.
En el fondo, la alianza entre Gobierno y agro no solo busca resolver un problema coyuntural. Intenta anticiparse a un cambio de época: uno en el que la competitividad del campo ya no dependerá únicamente de la tierra y el clima, sino también de la capacidad de generar y gestionar su propia energía.

