LA PAZ, 14 ago (El Libre Observador) — Un camión detenido en una carretera boliviana no es solamente un vehículo inmóvil. Es dinero que deja de circular. Una sembradora que no llega a tiempo al campo puede convertir una campaña agrícola en una pérdida. Una fábrica sin insumos puede apagar sus máquinas en cuestión de horas. En Bolivia, el tiempo comienza a medirse en combustible, cosechas, mercados perdidos y capital que no vuelve.
Ese es el sentido de una frase que resume la creciente impaciencia del sector productivo con el Gobierno de Rodrigo Paz al señalar en su comunicado que “Bolivia vive con dos relojes que marcan horas distintas”. Uno corre al ritmo de la economía real. El otro, según los empresarios, avanza al ritmo de la burocracia y las decisiones políticas.
La advertencia llega desde Santa Cruz, el principal núcleo agroindustrial del país, pero pretende hablar por una economía que ha dejado de ser capaz de esperar. La Cámara Agropecuaria del Oriente (CAO) y la Cámara de Industria, Comercio, Servicios y Turismo de Santa Cruz (Cainco) han puesto por escrito una preocupación que se repite desde hace meses: el diagnóstico de la crisis ya es conocido; lo que falta son respuestas.
“Lo que falta no es información, lo que falta es velocidad”, sostienen las organizaciones.
El presidente de Cainco, Jean Pierre Antelo, lo expresó de manera todavía más directa. Los 53 días de bloqueos que paralizaron buena parte del país han terminado en las carreteras, pero no necesariamente en las cuentas de las empresas. Hay comerciantes que todavía intentan recuperar su capital, industriales que perdieron mercados y transportistas que siguen enfrentando dificultades para cargar combustible.
La economía, en otras palabras, no vuelve a ponerse en marcha simplemente porque una carretera vuelva a estar despejada.

EL COMBUSTIBLE COMO FRONTERA
En Santa Cruz, la discusión tiene un nombre concreto como es el “diésel”.
Klaus Frerking, presidente de la CAO, coloca el problema en una ecuación sencilla. El campo consume alrededor del 16% del diésel del país y produce el 77% de los alimentos que necesita Bolivia. Si el combustible no llega, tampoco llegan a tiempo las cosechas, el transporte, la distribución ni los alimentos a los mercados.
Las cámaras aseguran que los surtidores cruceños reciben apenas el 30% del volumen que necesita el departamento. La cifra explica por qué una crisis que comenzó siendo cambiaria y fiscal termina sintiéndose en el campo, en las industrias y, finalmente, en la mesa de los consumidores.
Bolivia importa 9,5 de cada 10 litros de diésel que consume, según el diagnóstico empresarial. Cada litro importado exige divisas que el país necesita precisamente para sostener otras importaciones esenciales.
La salida que plantean los productores no es nueva, pero adquiere urgencia: utilizar más biocombustibles, facilitar las autorizaciones para producirlos y transparentar cuánto combustible recibe cada región y cada día.
La lógica es sencilla: si Bolivia no puede generar suficientes dólares para importar todo el combustible que necesita, debe utilizar más de los recursos que puede producir dentro de sus fronteras.
EL OTRO RELOJ
La impaciencia no se limita a los surtidores. También se proyecta sobre el Parlamento.
CAO y Cainco consideran necesaria una Ley de Inversiones, pero cuestionan el ritmo de su tratamiento. El proyecto, de 103 artículos, compite con otras iniciativas y todavía no tiene una fecha definida para su debate. Las organizaciones aseguran haber detectado problemas que deberían corregirse antes de su aprobación.
La paradoja es evidente pues el sector privado pide rapidez, pero también advierte contra la improvisación.
Una ley aprobada deprisa y con errores, sostienen, puede terminar judicializada y generar una incertidumbre todavía mayor. La velocidad que reclaman no significa, por tanto, aprobar cualquier norma; significa dejar de postergar las decisiones mientras se corrigen los problemas que deben ser corregidos.
En hidrocarburos, minería y electricidad el horizonte es todavía más largo. Las reformas, calculan los empresarios, podrían tardar al menos cinco años en comenzar a mostrar resultados y una década en estabilizar la producción.
Es una forma de decir que el tiempo perdido hoy no se recuperará mañana.
LA ECONOMÍA NO ESPERA AL CALENDARIO POLÍTICO
El Gobierno de Paz ha llegado al poder con la promesa de transformar la economía y reducir los desequilibrios acumulados. Pero la realidad le impone una carrera contra el tiempo.
La escasez de dólares, la falta de combustible, las dificultades fiscales y las heridas de los bloqueos forman parte de una misma ecuación. Cada problema alimenta al siguiente; sin dólares es más difícil importar combustible; sin combustible se ralentiza la producción; sin producción disminuyen las posibilidades de generar nuevas divisas.
En esa cadena, el reloj económico no se detiene para esperar una sesión parlamentaria, una resolución administrativa o una negociación política.
Los empresarios cruceños sostienen que Bolivia todavía tiene capacidad para producir más alimentos y generar más divisas sin necesidad de ampliar la superficie cultivada. Pero reclaman algo que consideran más básico: que el Estado cree las condiciones para que esa capacidad pueda desplegarse.
Combustible. Dólares. Carreteras abiertas. Reglas claras. No piden únicamente una ley. Piden previsibilidad.
Y ahí aparece la verdadera dimensión del conflicto. El debate ya no es solamente sobre cuánto tarda el Gobierno en aprobar una medida, sino sobre cuánto tiempo puede resistir una economía que necesita resultados antes de que lleguen las consecuencias.
“La demora de hoy se pagará mañana”, advierten las cámaras.
Bolivia tiene, efectivamente, dos relojes. Uno mide reuniones, proyectos, trámites y decisiones. El otro mide horas de trabajo perdidas, cosechas que no llegan, fábricas que paran y empresas que consumen sus últimos recursos.
La frase final del empresariado cruceño es también una advertencia política: “Falta que el Estado ponga su reloj a la hora del país”. Porque en una economía en crisis, el tiempo no es neutral. Cada día que pasa sin una solución también es una factura.

