Por Vladimir Huarachi Copa

LA PAZ, 24 ago (El Libre Observador) — Hace apenas unos días, el desacierto del exministro de Economía, José Gabriel Espinoza, quedó relegado al olvido. La polémica en torno a la adquisición de un vehículo Audi Q4 terminó con su censura por parte de la Asamblea Legislativa y, posteriormente, con su destitución. Sin embargo, aquella controversia perdió protagonismo tras el atentado contra la vida de Nadia Beller, señalada como una posible operadora cercana al presidente Rodrigo Paz y cuyo ataque habría sido presuntamente planificado por Fernando Cerimedo, una figura cuyo verdadero papel dentro del Gobierno todavía permanece en debate, particularmente respecto de si fue o no asesor principal del presidente Paz.
Las hipótesis alrededor del atentado contra Beller son varias y continúan alimentándose desde distintos sectores de opinión y medios de comunicación. Pero hay un hecho que ya no admite demasiadas interpretaciones: Fernando Cerimedo, conocido como asesor de candidatos presidenciales en distintos países, se encuentra con detención preventiva por 180 días en la cárcel de Palmasola.
Sin embargo, este bróker de la política no solo ha caído en Bolivia. Con su caída también parece tambalear la confianza en quien habría sido su asesorado, más aún cuando, frente a los acontecimientos, se percibe un silencio que algunos podrían interpretar como incómodo, cuando no cómplice.
Y la caída de Cerimedo no es un asunto menor. Su nombre también comienza a aparecer en el escenario internacional bajo una luz poco favorable, con el riesgo de que su trayectoria política quede marcada durante mucho tiempo, quizá de manera definitiva. Es aquí donde vale la pena detenerse a pensar en aquellos personajes que, una vez instalados cerca del poder, terminan creyéndose intocables.
La historia política de Bolivia demuestra, una y otra vez, que quienes llegan a pensar que el poder puede garantizarles permanencia terminan descubriendo que el poder es, precisamente, uno de los espacios más frágiles. En este país, donde muchas veces la ficción parece superar a la realidad, algunos llegan a creer que pueden controlar todos los escenarios, anticiparse a sus adversarios y evitar cualquier posibilidad de caída.
Pero la política tiene una memoria particular: puede elevar a alguien en cuestión de meses y desplazarlo en cuestión de días.
Si a determinados personajes del poder poco les interesa la democracia que se ha construido en Bolivia, bastaría recordarles que, dentro de este mismo siglo, hubo un largo período de Gobierno que terminó cayendo, pese a haber utilizado sus mejores cartas para permanecer en el poder. Hoy, quien fuera su principal protagonista permanece autorrecluido en el trópico de Cochabamba.

Por ello, creer que se puede permanecer indefinidamente en el poder no constituye una condición sine qua non. El poder tiene ciclos, y quienes susurran al oído de quienes lo ejercen pueden llegar a convencerlos de que son mejores que sus antecesores, de que tienen el control absoluto o de que han descubierto la fórmula para no caer.
Pero en Bolivia, la caída puede llegar el día menos pensado y por causas que, hasta poco antes, parecían completamente controlables.
La lección de Cerimedo debería ser clara, incluso quienes llegan al poder con la confianza, la cercanía y posiblemente la venia del presidente y de su entorno familiar pueden terminar cayendo. Y cuando cae quien está detrás del trono, no necesariamente cae solo él, también puede arrastrar consigo la credibilidad de quienes le abrieron la puerta, confiaron en sus consejos y permitieron que su influencia se instalara en el centro mismo del poder.
Porque, al final, detrás de todo poder siempre hay alguien que susurra al oído. El problema comienza cuando quien escucha termina creyendo que ese susurro es la realidad.
Y en Bolivia, como demuestra nuestra propia historia, quienes se creen intocables también caen.

