LA PAZ, 10 abr (El Libre Observador) — El dólar se ha convertido en un pulso cotidiano en Bolivia. Sube, baja, marca récords y retrocede en cuestión de horas, mientras en las calles, las pantallas y los discursos oficiales se disputa algo más que un número: la confianza en la estabilidad económica.
Esta semana, ese pulso volvió a acelerarse. El tipo de cambio referencial publicado por el Banco Central de Bolivia alcanzó su nivel más alto desde su creación, rozando los 9,61 bolivianos para la venta. Un día después, retrocedió. Y con ese movimiento, el Gobierno salió a intervenir, no en el mercado, sino en el relato.
El ministro de Economía, José Gabriel Espinoza, pidió bajar la tensión. Su mensaje fue claro, “no mirar el dólar todos los días”. Para el Ejecutivo, las oscilaciones diarias forman parte de un comportamiento “normal” y solo adquieren sentido cuando se observan en el tiempo.
En su lectura, el promedio semanal se mantiene prácticamente inalterado. En la percepción del mercado, en cambio, cada pico refuerza una tendencia más profunda: la distancia creciente entre el tipo de cambio oficial y las cotizaciones que circulan fuera de él.
Esa brecha es hoy uno de los rasgos más visibles de la economía boliviana. Mientras el dólar oficial permanece anclado por decisión estatal, el referencial, basado en transacciones reales del sistema financiero, y las tasas del mercado informal o digital se mueven en una franja cercana a los 9,3 bolivianos.

No es solo una diferencia técnica. Es una señal. Para importadores, ahorristas y ciudadanos comunes, el valor del dólar se ha convertido en una brújula de expectativas, un indicador que mide tanto la disponibilidad de divisas como la credibilidad de la política económica.
Desde su implementación en diciembre de 2025, el tipo de cambio referencial no ha dejado de escalar, en un proceso gradual que el reciente máximo no hace más que confirmar. La tendencia, aunque interrumpida por correcciones puntuales, sugiere una presión persistente sobre la moneda local.
El Gobierno, sin embargo, insiste en contener la narrativa. Más que negar el movimiento, busca desdramatizarlo. “Las personas no hacen negocios todos los días”, argumenta Espinoza, en una apelación a la lógica cotidiana frente a la ansiedad del mercado.
Pero en un contexto de restricciones cambiarias y escasez de dólares, cada variación se amplifica. La volatilidad deja de ser un dato técnico para convertirse en una señal política, económica y social.
Bolivia transita así un delicado equilibrio: sostener un tipo de cambio oficial estable mientras el mercado construye sus propias referencias. Entre ambos, el dólar no solo fluctúa. También revela, con cada subida y cada caída, las tensiones de un modelo que busca mantenerse firme en medio de crecientes presiones.

