LA PAZ, 18 nov (El Libre Observador) — En un país donde la geografía es también memoria política, el presidente boliviano Rodrigo Paz propuso este martes un giro que hasta hace poco parecía improbable: redefinir la relación con Chile sin renunciar a la reivindicación marítima, la causa que ha marcado más de un siglo de diplomacia boliviana y que continúa resonando en escuelas, actos cívicos y campañas electorales.
La escena transcurrió en Beni, durante el aniversario número 183 del departamento. Allí, bajo el lema “Bolivia en el mundo y el mundo en Bolivia”, Paz ensayó una narrativa más abierta, menos dogmática, y orientada a recomponer la arquitectura regional. “Tenemos que cambiar nuestra relación con Chile; esto no quita dejar de lado nuestra lucha irrenunciable por nuestro mar”, expresó ante un auditorio atento a los matices.
En su discurso, Paz no solo reivindicó la causa marítima, sino que la colocó en un nuevo tablero diplomático: el del pragmatismo económico, el de la cooperación fronteriza y el de una agenda que prioriza la eficacia en tiempos de tensiones fiscales.
Para ello mantiene una comunicación directa con Gabriel Boric, quien asistió a su toma de mando y regresó a Santiago con un mensaje inusual para la política bilateral: “Me voy con ganas de seguir trabajando por la hermandad de nuestros pueblos”.

La palabra “hermandad” no pasa desapercibida en un continente donde las fronteras suelen ser líneas de disputa y no de intercambio. Paz la retomó a su manera, señalando que Bolivia debe relacionarse con Chile —y con todos sus vecinos— sin “mochilas ideológicas”, un guiño a décadas de política exterior condicionada por lealtades partidarias antes que por objetivos nacionales. “El Estado no es de un partido… tiene que servir a los bolivianos”, remarcó.
En esta nueva hoja de ruta, la Cancillería boliviana se presenta menos doctrinaria y más orientada a captar inversiones, generar negocios y reinsertar al país en un entorno global competitivo. Paz apuesta por derribar lo que denomina el “Estado tranca”, un aparato burocrático que —según él— ha frenado el desarrollo económico y el dinamismo diplomático.
La relación con Chile es, quizás, el desafío más complejo de ese replanteamiento. Bolivia perdió su salida al Pacífico tras la Guerra del Pacífico (1879) y, desde entonces, el país ha construido un imaginario colectivo donde el “mar cautivo” es símbolo de una deuda histórica.
Esa narrativa llevó el tema a la Corte Internacional de Justicia en 2018, donde La Haya determinó que Chile no tiene la obligación de negociar una salida soberana, pero dejó abierta la puerta al diálogo bilateral.
Es en esa rendija donde intenta moverse Paz: mantener viva la causa, pero sin permitir que se convierta en un veto a la cooperación. “Nuestra gente necesita gobiernos ágiles, rápidos y flexibles para cambiar nuestra historia”, dijo, apelando a un electorado cansado de parálisis institucional y promesas eternizadas.
La apuesta es arriesgada y ambiciosa: reconciliar una reivindicación histórica con un acercamiento práctico, en un momento en que la región busca recomponer puentes diplomáticos. Para Paz, el desafío será demostrar que se puede caminar hacia el mar sin romper los puentes que pueden llevar al desarrollo.

