LA PAZ, 13 may (El Libre Observador) — La figura de José “Pepe” Mujica cruzó fronteras con una potencia simbólica que pocos líderes latinoamericanos han alcanzado en vida. Exguerrillero, preso político, agricultor, presidente, filósofo popular: su muerte este martes, a los 89 años, ha provocado una ola de tributos en todo el continente.
Desde La Paz, el presidente de Bolivia, Luis Arce, expresó este martes un homenaje cargado de admiración y gratitud, calificándolo como “un verdadero faro de esperanza, humildad y lucha por la justicia social”.
“¡Vuela alto querido Pepe!”, escribió Arce en sus redes, despidiéndose del exmandatario uruguayo con palabras que evocan la dimensión ética que representó Mujica para una generación de líderes progresistas en América Latina.
“Su vida fue un testimonio de rebeldía y amor por su pueblo”, añadió el mandatario boliviano, subrayando el carácter ético y combativo del dirigente tupamaro que, tras trece años de prisión durante la dictadura uruguaya, emergió en democracia como una figura de reconciliación nacional y sencillez radical.
El presidente boliviano, quien mantiene una línea ideológica próxima al legado del Movimiento al Socialismo (MAS), destacó también que el legado de Mujica “perdurará en la historia de Uruguay y de la Patria Grande”, aludiendo al ideal de unidad latinoamericana que Mujica defendió incansablemente desde foros internacionales y entrevistas con alcance global.
El fallecimiento del exmandatario fue confirmado por el actual presidente uruguayo, Yamandú Orsi, del Frente Amplio, quien destacó el temple moral y el legado de Mujica como referente ético y político de la izquierda regional.
Mujica, conocido como “el presidente más pobre del mundo” por vivir en una pequeña chacra a las afueras de Montevideo y rechazar lujos presidenciales, falleció tras una larga batalla contra un cáncer de esófago.

UN SÍMBOLO MÁS ALLÁ DE LAS FRONTERAS IDEOLÓGICAS
El impacto de Mujica en Bolivia fue particularmente visible en los años posteriores al auge progresista sudamericano. Aunque Uruguay y Bolivia respondían a contextos socioeconómicos distintos, compartían una búsqueda de redistribución, justicia social y defensa de la soberanía.
Las visitas de Mujica a Bolivia y sus intervenciones en foros internacionales donde coincidió con Evo Morales y otros líderes del ALBA lo convirtieron en una referencia cercana, incluso entre sectores críticos del MAS.
Pese a sus diferencias estratégicas, Mujica fue una figura respetada por su coherencia ética y su lenguaje directo, alejado de toda pomposidad. Su mensaje anticonsumista y su defensa de la vida rural, los derechos humanos y la democracia lo posicionaron como una suerte de “conciencia moral” de la izquierda latinoamericana.
En Bolivia, tanto sectores oficialistas como figuras de la oposición expresaron respeto por la figura del exmandatario. Intelectuales, periodistas y activistas recordaron las frases sencillas, pero penetrantes de Mujica: “El poder no cambia a las personas, solo revela quiénes son realmente”; “no se es más rico por tener más, sino por necesitar menos”.

LA HERENCIA DE UNA REBELDÍA PACIFICADA
Mujica nació en 1935 en una familia de clase media baja y, tras una juventud marcada por el activismo, ingresó al Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros, grupo armado que enfrentó a la dictadura militar. Fue detenido y torturado durante más de una década, encerrado en condiciones extremas. Esa experiencia no lo radicalizó en el poder: al contrario, lo volvió un defensor acérrimo de la paz, la convivencia y el perdón político.
Su presidencia (2010-2015) fue breve pero intensa: legalizó el matrimonio igualitario, despenalizó el aborto bajo ciertas condiciones y convirtió a Uruguay en el primer país del mundo en regular la producción y distribución de cannabis. Mientras tanto, donaba el 90% de su salario y viajaba en un escarabajo azul de los años 80. El contraste con las élites políticas tradicionales no podía ser más elocuente.
Su muerte deja un vacío simbólico en una región que enfrenta desafíos crecientes de polarización, fragmentación institucional y descrédito político. La pregunta que queda es si su legado —una política con ética, sin ostentación y con compromiso social— puede encontrar herederos en una América Latina marcada por crisis y reconfiguraciones ideológicas.
Luis Arce, al igual que otros presidentes progresistas del continente, ha invocado a Mujica no solo como una figura del pasado, sino como una inspiración para los desafíos actuales. En sus palabras finales, el mandatario boliviano dedicó un mensaje a la familia de Mujica, especialmente a su esposa, la también exsenadora Lucía Topolansky: “Les enviamos nuestras más sinceras condolencias y abrazos solidarios en este momento amargo”.
La historia de Pepe Mujica, tejida con cicatrices de plomo, años de celda y palabras de ternura, ha terminado. Pero el relato político y moral que deja atrás sigue resonando en las plazas, en los parlamentos y en los corazones de América Latina.

