COCHABAMBA, 9 jun (El Libre Observador) — La frase resonó con fuerza en una Bolivia que atraviesa uno de los momentos más delicados de su historia reciente. “Agárrenme aquí o mátenme aquí”. Con esas palabras, pronunciadas desde el Trópico de Cochabamba, el expresidente Evo Morales elevó este martes el tono de su confrontación con el Gobierno de Rodrigo Paz y colocó al Chapare nuevamente en el centro de la crisis política que sacude al país.
Durante semanas, la atención nacional estuvo concentrada en las carreteras bloqueadas, las interminables filas por combustible y las crecientes dificultades para abastecer alimentos a las principales ciudades. Pero detrás de esa crisis logística y económica se desarrolla otra disputa, más profunda y potencialmente más explosiva como es la batalla política entre el Gobierno y el líder cocalero que durante casi 14 años dominó la política boliviana.
Morales eligió desafiar abiertamente al Ejecutivo desde Lauca Ñ, la localidad considerada el corazón político de su movimiento y símbolo del poder sindical construido durante décadas en el Chapare.
“Presidente, ministros, no me voy a escapar”, afirmó durante una intervención transmitida por Radio Kawsachun Coca. “Agárrenme aquí o mátenme aquí, se los digo de frente”.
No fue una declaración improvisada. Llegó apenas un día después de que Rodrigo Paz promulgara la ley que regula los estados de excepción, una herramienta jurídica que el Gobierno considera necesaria para enfrentar la crisis derivada de 40 días de bloqueos y protestas.
Para Morales, sin embargo, la decisión constituye una amenaza directa.
El expresidente interpretó las recientes declaraciones oficiales sobre el combate al “narcoterrorismo” como un mensaje dirigido tanto a él como a las organizaciones sociales que conservan influencia en el Trópico de Cochabamba. En respuesta, lanzó un desafío que parece diseñado para obligar al Gobierno a elegir entre la contención o la confrontación.
“Si tienen que atacar por tierra o por aire, ataquen”, dijo. La frase evocó imágenes de una región que históricamente ha mantenido una relación conflictiva con el poder central y donde las organizaciones cocaleras conservan una extraordinaria capacidad de movilización.
El intercambio verbal marca una nueva etapa en la crisis boliviana.

Hasta ahora, el Gobierno había centrado su discurso en los efectos económicos de los bloqueos y en la necesidad de restablecer el abastecimiento de combustibles y alimentos. Paz insistía en que mantenía la mano tendida para el diálogo mientras denunciaba la presencia de grupos violentos e intereses criminales detrás de algunas protestas.
El lunes, sin embargo, el mandatario endureció su lenguaje.
“Y a los violentos, a los narcoterroristas: así como cayó Marset, sus días están contados”, advirtió, en referencia al narcotraficante uruguayo Sebastián Marset.
La respuesta de Morales fue inmediata.
Acusó al presidente de reproducir una narrativa impulsada por Estados Unidos y rechazó la utilización del término “narcoterrorismo”, que considera una estrategia para criminalizar a los movimientos sociales y al liderazgo cocalero.
“Ese mensaje viene de Estados Unidos”, afirmó. “Rodrigo Paz repite narcoterrorista, narcoterrorista”.
Más allá de la retórica, las palabras reflejan una creciente polarización política. Morales denunció además una supuesta vigilancia de sus comunicaciones y responsabilizó anticipadamente al Gobierno por cualquier eventual enfrentamiento en el Chapare.
“Cualquier muerto o herido será responsabilidad del presidente”, advirtió.
La declaración busca internacionalizar el conflicto y enviar un mensaje tanto a sus seguidores como a observadores externos. También confirma que el exmandatario ha decidido convertir el Chapare en una línea simbólica de resistencia frente a las acciones del Ejecutivo.
Mientras tanto, Bolivia sigue atrapada en una crisis que se extiende mucho más allá de la disputa entre dos líderes.

Los bloqueos continúan afectando el abastecimiento de combustible en La Paz y otras ciudades. Miles de transportistas permanecen varados en las carreteras. Sectores productivos alertan sobre riesgos de desabastecimiento de alimentos. Y el Gobierno enfrenta una presión creciente para recuperar el control de las rutas sin provocar una escalada de violencia.
En ese escenario, el desafío lanzado por Morales añade un ingrediente de alto voltaje político.
La pregunta ya no es únicamente cómo resolver los bloqueos que paralizan al país. También es hasta dónde están dispuestos a llegar el Gobierno y el expresidente en una confrontación que, por momentos, parece encaminarse hacia un choque cada vez más directo.
Desde las montañas del Chapare, Morales ha trazado una línea. Ahora la atención de Bolivia se concentra en la respuesta que llegará desde La Paz.

