LA PAZ, 27 abr (El Libre Observador) — En las pizarras invisibles del mercado boliviano, donde durante años el dólar tuvo un precio único y predecible, algo ha empezado a resquebrajarse. Este lunes, el tipo de cambio referencial, una señal que el Banco Central de Bolivia (BCB) introdujo como puente hacia un sistema más flexible, trepó hasta los 9,74 bolivianos para la venta, rozando y prácticamente igualando al dólar paralelo. La cifra no es solo un récord: es, sobre todo, un síntoma.
Durante más de una década, Bolivia sostuvo un tipo de cambio fijo de 6,96 bolivianos por dólar, una de las anclas más visibles de su estabilidad macroeconómica. Pero esa estabilidad, que se apoyaba en altos ingresos por exportaciones de gas y una abundante disponibilidad de divisas, ha ido perdiendo sustento. Hoy, el mercado convive con tres precios del dólar: el oficial, el referencial y el paralelo. Y la distancia entre ellos ya no es una anomalía marginal, sino una señal estructural.
El dato de este lunes confirma una tendencia que se venía gestando en silencio. A inicios de abril, el dólar referencial superó por primera vez los 9,6 bolivianos. Desde entonces, el ascenso ha sido constante, casi sin pausas, como si el mercado estuviera ajustando, paso a paso, una realidad que durante años permaneció contenida.
Detrás de esta escalada hay una ecuación conocida en economías bajo presión: pocos dólares y muchos demandantes. El economista Fernando Romero describe el fenómeno como una “batalla cambiaria”, donde actores públicos y privados compiten por una oferta limitada de divisas.
En ese escenario, incluso movimientos puntuales pueden inclinar la balanza. Una reciente compra de aproximadamente 31 millones de dólares por parte del estatal Banco Unión, a un precio cercano a los 9,64 bolivianos, habría contribuido a empujar la cotización hacia nuevos máximos.
Pero reducir el fenómeno a operaciones aisladas sería simplificarlo. La presión responde a factores más profundos. La flexibilización del uso de tarjetas para pagos en el exterior ha incrementado la demanda de dólares; la desaceleración económica reduce la generación de divisas; y la incertidumbre alimenta la preferencia por activos en moneda extranjera. Todo ocurre al mismo tiempo.

En las calles, la convergencia entre el dólar referencial y el paralelo tiene una lectura directa: el precio “real” de la divisa se está imponiendo sobre el administrado. En los hechos, el mercado parece estar adelantándose a una transición que el propio Banco Central ha reconocido, aunque en términos graduales, hacia un régimen cambiario más flexible.
La paradoja es evidente. El indicador creado para guiar esa transición se ha convertido en el espejo de las tensiones del sistema. Lo que debía ser una señal técnica ahora funciona como termómetro de una economía que enfrenta restricciones externas cada vez más visibles.
Bolivia no ha abandonado oficialmente su tipo de cambio fijo. Pero la dinámica de los últimos meses sugiere que el ancla empieza a ceder. La igualación entre el dólar referencial y el paralelo no es solo un dato estadístico: es la expresión de un mercado que ya opera bajo otras reglas, incluso si estas aún no han sido formalmente reconocidas.

